domingo, 15 de enero de 2017

EL CONDÓR


Por Carlos Ruiz Villasuso / Aplausos.es

En Perú la Tauromaquia nunca dejó de ser del pueblo, de la gente. De sus vidas. Por eso nadie ha podido prohibirla, porque forma parte de cada llanura y cada cima nevada. Decir Yawar, cóndor, toro, es decir Perú. Ayer, hoy y mañana.


No sabemos qué hay en Perú, el país del ave más simbólica del mundo: el cóndor. Este gigante de los cielos, con el toro y la sensibilidad andina, marcan una hoja de ruta de tradiciones populares en donde la Tauromaquia, la Yawar Fiesta, permanece fiel en tantas cosas y casos a los tiempos pretéritos. Muchos toreros han ido a Perú desde hace años, a buscarse la vida, a esa aventura y digna aventura del toreo. Porque Perú es el gran desconocido de una Tauromaquia rica, leal y fiel con el pasado, presente y futuro. Dura Tauromaquia, de novela sin duda.

No nos damos cuenta, desde una fiesta muy urbanita, la europea de España, Francia y Portugal, que además de la fuerte y abigarrada pero tan condicionada por su toro tauromaquia mexicana, la de tránsito y zozobra política en Venezuela y en Ecuador, además de la Tauromaquia en dudas de Colombia… existe la de Perú. Que tiene un complejo e inusual contenido, parejo a su geografía de montañas y valles. Perú es, culturalmente, un país excepcional incluso dentro de las excepciones que nos da América Central y del Sur.

Y su Tauromaquia es fuerte. Ancestral y recia y moderna en algunos lugares como Lima, cuyo sueño de llenarse se cumplió este año con Roca Rey. Pero Perú es mucho más que Lima. Es tanto más que los gobiernos tan distintos y nada afines a la Tauromaquia como los de los generales, pasando por Belaúnde Terry, el ínclito y expulsado Fujimori, hasta el actual, de origen europeo del este, Pablo Kuczynsky Godard, unos constitucionalistas, otros dictatoriales, otros paternalistas, otros caciques… todos, han visto a la Tauromaquia, lejana pero real y consustancial al país. Si Perú fuera igual a Lima, el animalismo y los avatares políticos la habrían puesto en el mismo lugar que Quito en Ecuador.

No ha sido así. Por la sencilla razón de que es el país que mejor y más ha sabido protegerla en el sentido de hacerla y mantenerla del pueblo y para el pueblo. La fiesta americana que expulsó al indigenismo al hacerla urbana y cara, pudo ser rica en su momento (Venezuela pagó mejor que nadie nunca, Quito era un mercado de oro…) pero perdió lo esencial para ser de la nación, de la tierra, independientemente de sus gobiernos: la raíz popular. Eso lo ha hecho Perú, país de leyenda del oro y de las riquezas, tan denostada en lo taurino a excepción de Lima, pero tan real y tan viva.

Podrán decir algunos que esa Tauromaquia es decimonónica, a lo que debemos responder que el urbanismo taurino es mucho más emotivamente seleccionado, pero tan ombliguista y egoncéntrico que ha sido capaz de denostar y apartar del propio contenido de la Tauromaquia a los festejos y tradiciones del pueblo. Insisto que nuestro gran pecado ha sido alejar a la Tauromaquia de la fiesta, del pueblo, de la alegría, de la conmemoración. En los años sesenta, tan recordados, el toreo fue el lugar donde el español podía olvidar que salió de una guerra y que la felicidad era posible. El toreo no tiene hoy héroes populares porque ha expulsado de las plazas a los hombres y mujeres que nombran a los héroes. La gente de sol, el pueblo.

Posiblemente en Perú, en esa geografía de llamas y nubes, estén muchas de las repuestas a las preguntas mal hechas que nos llevamos haciendo tantos años. Porque no es posible que una Tauromaquia sin figuras, sin nombres de postín, sin grandes ganaderías o ferias, sin apenas glamour, se haya mantenido viva y activa en ciudades y pueblos, si no es por esta razón: es del pueblo. Nunca dejó de ser del pueblo, de la gente. De sus vidas. Por eso nadie ha podido prohibirla, porque forma parte de cada llanura y cada cima nevada. Decir Yawar, cóndor, toro, es decir Perú. Ayer, hoy y mañana. Mis respetos.