Que dos figuras del toreo como José Antonio Morante de la Puebla
y Andrés Roca Rey, ambos heridos en el ruedo de Sevilla, mantengan en vilo a un país entero y ocupen portadas mide el gran fracaso del movimiento antitaurino.
Hoy se confirma lo que muchos advertían: que se intentó una ingeniería social orientada a erosionar una parte esencial de nuestra cultura.
El antitaurinismo adoptado por sectores de la izquierda no buscaba solo prohibir una práctica, sino cuestionar una tradición, una identidad y una concepción humanista.
Bajo esa lógica se promovió un animalismo que, llevado al extremo, desdibuja la centralidad del ser humano. Entorno a e se intento de articular un discurso ideológico basado en premisas discutibles, como la repetida por el ministro Ernest Urtasun, según la cual la tauromaquia era minoritaria.
Hoy, con plazas llenas, carteles d e «no hay billetes» y una notable presencia de jóvenes en los tendidos, ese argumento resulta cada vez más ridículo.

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